Esperar la partida que no llega
Que saber lo que es morir, si la experiencia no se cuenta. Somos egoístas. La guardamos cada uno para sí. Podemos debatir toda la vida de qué se trata. Nunca vamos a estar en lo cierto.
El otro día experimenté algo nuevo. Algo que nunca sentí. Mis sueños van más allá de lo imaginado. Ahora cuento esta breve historia. Pero antes aclaro algo: todos los relatos de este blog no son de "me lo contó un amigo" o "un pariente". Son en carne propia.
Cierren los ojos. Por un momento piensen que una mano les corre la sábana para destaparlos. O que una mirada, de lejos, acecha para atacar apenas se quedan dormidos. A veces en los mínimos detalles, en los cambios de energía, está lo inimaginable.
En las noches veo destellos de oscuridad que van de acá para allá en mi pieza apenas apago la luz. Veo cómo todo se va acomodando para su aparición. Sea lo que sea. A veces una sombra enorme. Otras, una persona. Otras, un animal. Depende de la energía. La mía. O la de "Él". Se torna personal. Ya me debe tener bronca. Porque jamás gana. Lo dejo con ese sabor amargo. Y siento su ira hacia mí.
Bueno. Acá va el relato.
La otra noche hago mi ritual para dormir. El ambiente ya se torna pesado. Ese olor a flores. El ruido del agua. Todo inunda mi ser en un sueño profundo del que no puedo despertar. Una vez dentro, siento la mirada detrás de mí. Es algo automático. Pero me dejo llevar. Quiero ver hasta dónde es capaz de llegar.
Estaba dentro de un estadio. Mucha gente alrededor. Bullicio por todos lados. Me alejo de la multitud. Voy por los pasillos. Menos ruido. Me siento en una esquina. Veo pasar a la gente. Una tarde normal de partido.
Pero acá viene lo loco. Una banda, desenmascarada, empieza a los tiros. Sin piedad. Matando a todos los que están ahí. Y sí. A mí también. Los disparos me dan todos en la pierna. El dolor es insoportable. Le pido, con muy poco aire, al hombre que me disparó que me ejecute de una vez. Se da vuelta. Me dice: "Si ese es tu último deseo, ya te lo cumplo". Sin dudarlo, saca su arma. Me dispara en la cabeza. Creo que fueron cuatro balazos. Caigo al piso, rendido.
Y lo curioso es que no muero. Escucho voces cada vez más fuertes. Pero estoy consciente. Mi cabeza solo quiere morirse. Es la voluntad que deseo. Pero hay algo que no me deja partir.
Los ruidos cesan. Mis ojos se abren de par en par. Lo primero que veo es un médico. Sorprendido de verme respirando. Creo que le baja la presión al verme despertar. Estoy en un charco de sangre mía. Y sigo respirando. La pregunta que escucho es la más tonta para ese momento: "¿Estás bien?", me pregunta. Por dentro digo: ¿me vas a preguntar eso? Ahí toma acción inmediata. Me sube a una camilla. Las palabras son claras: "Flaco, no sé cómo seguís vivo con todo lo que pasaste. No te muevas. Pero vas a estar bien".
Me suben a una ambulancia. Me inyectan algo. El pecho me explota. Y ahí, desde la cama, reacciono. Reacciono de verdad. Abro los ojos en mi cuarto. Y en el fondo, en la oscuridad, veo perderse la mirada de "Él". La que me acechaba antes de dormir. La que nunca se fue.
Un breve relato de lo que son las noches para mí. Mi cuerpo se eleva totalmente. Y decide qué hacer.
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