Sombras programadas
Las casas de la ciudad siempre fueron un laberinto, de techos altísimos, ventanales gigantes y de puertas pesadas. Sus pasillos olían a cera vieja y los pisos crujían con una simple mosca. Para Nico, no solo era una casa, era un secreto familiar que nunca se dijo en voz alta. Pero la curiosidad pudo más que la obediencia. Nico quería saber de que trabajaba su abuelo, de dónde había salido tanta riqueza en un mundo que siempre esquivaba la sombra.
Y él sabía, mejor que nadie, por qué su familia esquivaba el sol. Porque él, al igual que su padre, no proyectaba nada sobre la vereda. El sol les daba de lleno, los iluminaba, pero bajo sus pies no había oscuridad. El suelo quedaba liso y brillante. Nico siempre supo que eran distintos, pero nunca había sabido por qué. Hasta ese día.
Revolviendo un cajón olvidado en el despacho del abuelo, encontró un viejo cuaderno de dibujo, con páginas amarillentas y quebradizas. No eran dibujos infantiles normales. Encontró uno de su abuela sonriendo, pero la sombra dibujada con un trazo negro obsesivo tenía una línea horizontal perfecta en el cuello. Nico entendió, con horror, que el abuelo había sufrido mucho de chico, viendo sombras que se movían decapitadas mientras la persona que la producía estaba bien. Ver esas "sombramuertes" de la gente que amaba era la tortura diaria del abuelo.
Luego, debajo del cuaderno, "apareció el Libro Contable". Un libro de cuero negro y serio. No decía "apuestas" explícitamente, pero las páginas estaban llenas de registros. Columnas con fechas, nombres, cantidades de dinero recibidas y una nota al margen: "Muerte tal cual predicha". Ahí Nico vio una entrada crucial: "19 de Octubre de 1962: Nacimiento de Mariano. Niño sano. Debajo de esa nota estaba escrito a puño degollador de lapicera, "No tiene sombra. La maldición mutó. Mi castigo fue ver la muerte de otros; el suyo será no tener reflejo de su propia existencia. Dios nos perdone." El abuelo había pasado de la infancia traumática a la adultez cínica, donde ya registraba las muertes como "negocio", pero el nacimiento de su hijo lo había quebrado por dentro.
Finalmente, en el mismo cajón, encontró la carta escondida. Un sobre amarillento con el nombre del abuelo en el reverso. Nico la abrió, sintiendo que el aire de la habitación se volvía denso. La voz del abuelo cobraba vida en el papel:
“Hola a toda la gente sin sombra, en especial a mis descendientes. No somos los únicos, somos muchos. El sol no ayuda y nos muestra tal cual somos. Es un precio que pagué. Pero cuando me llegó la petición, acepté sin medir palabras. Era solamente un niño, ¿Qué sabía yo dónde me estaba metiendo? El Diablo me explicó con lujo de detalle, pero ver a la gente sin su sombra era asombroso. No lo pensé en ese momento, me sentí único. Me dio dos días para que caminase sin sombra y luego venía para ver si cerrábamos el trato o no. Acepté y no dudé un segundo…”
La carta era la confesión final. El abuelo no fue una víctima; fue un socio. Y la consecuencia fue el nacimiento sin sombra, con el sol como delator de la diabólica tentación. Nico tenía la carta y el conocimiento. Y sabía que en algún lugar de la casa estaba la moneda de metal negro que el diablo le había dado al abuelo para sellar el pacto. Una moneda que, al tocarla a una hora específica, hacía que el tiempo se detuviera y la realidad se ralentizará, permitiendo al demonio aparecer para cobrar o para negociar.
Nico, con la moneda en la mano, entendió la tragedia que su familia había vivido. El círculo no se cerraba con un simple "lo siento". El mal exigía una muerte para romperse: un padre tenía que matar a su propio hijo. Esto explicaba por qué su padre siempre estaba tan orgulloso del abuelo: el padre decidió no matarlo. El padre aceptó vivir sin sombra y morir con la deuda antes que ponerle una mano encima a su hijo. Pero ahora, Nico tenía la moneda y el conocimiento.
Sosteniendo la moneda fría como el hielo, Nico la activó. La hora señalada llegó. El tictac del reloj de pared desapareció. El mundo se congeló. Y frente a Nico, entre los ventanales gigantes y las sombras acechantes, el Príncipe de las Tinieblas apareció. Su voz vibró directamente en los huesos de Nico: "Tu padre fue un cobarde. Prefirió la culpa de dejarte a ti este vacío antes que tener el valor de terminar el contrato."
Nico no dudó. Le agarró la mano al demonio y colocó la moneda en su palma. Aceptó su destino, pero decidió que no habría más de su familia sin sombra. El diablo sonrió y buscó al padre de Nico, que ya sabía de la situación. Se apareció ante él, sosteniendo la guadaña, el arma del mismo destino que el abuelo "apostaba". El padre tembloroso, llorando y con los labios apretados, le pidió perdón a su hijo.
Nico, atento a toda la jugada, pudo ver cómo se agasajaba el demonio con el dolor. —Hazlo, papá, ya me canse de esta vida. Mi hijo necesita una vida normal. —Nico le confesó a su padre que su mujer estaba embarazada. Era la primera vez que se lo contaba, y sería la última vez que hablarían. Nico decidió ser el cortafuegos, el fin de la maldición, entregando su existencia para que esa nueva vida tuviera lo que él nunca tuvo: una sombra, una vida normal, un lugar bajo el sol.—Antes de hacer semejante atrocidad, por favor déjame abrazarlo por última vez. —suplicó el padre, llorando.
El Diablo aceptó, regocijándose con el sufrimiento. Padre e hijo se fundieron en un abrazo apretado, bajo el silencio del tiempo detenido. Fue un abrazo de una tristeza y una belleza absolutas, un momento de sacrificio que el suelo crujiente de la vieja casa de la ciudad nunca olvidó. El piso, testigo de los pasos del abuelo apostador y de los secretos de la familia, crujió por última vez bajo el peso de los dos. Y ahí, en el abrazo final, la guadaña cumplió su función y la moneda volvió a la mano del Príncipe. El pacto más largo del demonio, el contrato invisible, se había roto.
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