Un agujero en la Pared
No fue solo una mano la que llamó mi atención; fue más bien un llamado, una voz que susurraba, baja pero nítida: «Aquí estoy… no temas» . El aire estaba denso. La oscuridad me rodeaba, esa oscuridad que apenas te permite ver, pero en la que, si te concentras, sientes la presencia de todo lo que te rodea. La luz de la calle se filtraba tímidamente entre las cortinas, pintando la habitación con un brillo grisáceo. Entonces, algo se movió bajo la sábana que me cubría. Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi reacción fue instantánea: me incliné hacia abajo, tanteando con las manos bajo la cama, buscando a ciegas cualquier cosa. Toqué algo. Frío. Vivo. Lo sujeté con todas mis fuerzas y tiré hacia la luz. Era pequeño. Por la altura y la forma, entendí que era… ¿un gnomo? ¿Un duende? Mi respiración se aceleró y mis manos temblaron. No sabía si gritar o reír. Lo dejé sobre la mesa junto a mi cama. Y él, en lugar de escapar o desaparecer, se acomodó, me miró con una sonrisa pícara y dijo: — ¡...