🧠 CAPÍTULO 3 — NACIMIENTO DE LA BESTIA

 No fue de un día para el otro. Nos quebramos en silencio. Ella tenía ideas. Y yo tenía obediencia. Al principio, fue divertido. Juegos con los límites. Pruebas. Desafíos absurdos. Luego se volvió otra cosa.

Yo la amaba. Por eso no decía que no. Por eso acepté cuando quiso guardar la sangre menstrual en frascos. Cuando me pidió que durmiéramos abrazados a huesos de animales. Cuando empezó a hablarle a la heladera como si fuera un altar.

La frase se volvió religión: “Si no hay, no se precisa.” Si no hay comida, comemos pan duro. Si no hay agua, nos bebemos. Si no hay moral, mejor.

Vivíamos en la casa como si fuera un templo. Un mundo sin testigos. Nos masturbábamos para desayunar. Jugábamos a ser otras personas. Yo era su hermano muerto. Ella era mi madre. Era placer. Era locura. Era amor sin reglas. Y lo necesitábamos.

No nos dimos cuenta de cuándo dejamos de salir. De cuándo dejamos de hablar con la familia. O con los vecinos. Hasta que apareció él. El nuevo. Paimon. Traía algo roto adentro. Lo vimos. Lo olimos. Lo adoptamos. Él era el espejo. Y el final.

Una noche, ella me dijo: “Ya no quiero jugar. Quiero morir.”
No de tristeza. De éxtasis.
Me besó y me pidió que la convierta en algo eterno. Que la guarde adentro mío. Que la consuma.

Yo no pude. Pero él sí. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sombras programadas

La sonata del Diablo