Querido diario... 4

Querido diario,

Hoy llegó un mensaje.
No por redes, ni por celular. Una carta. Escrita a mano. Papel grueso, tinta oscura. Sin remitente. Solo decía:

“Busco un sabor con historia.
Algo que haya sufrido.
Una mente desgastada por el tiempo,
pero aún viva cuando la tuestes.”

— Cliente: L.

Nunca imaginé que alguien pediría algo así. No un origen. No una nacionalidad.
Una vida marcada.

Salí a buscarlo.

Días enteros en hospitales, estaciones de tren, geriátricos, refugios.
Lo encontré sentado en una plaza, hablando solo, con los ojos llenos de invierno.
Un ex maestro. Viudo. Olvidado por todos.
Me acerqué. Le ofrecí compañía. Me ofreció silencio.
Y eso fue suficiente.

Lo preparé con el mismo cuidado con el que uno prepara a un ser querido para dormir.
No sufría. Solo estaba cansado.

Desollé con respeto. Separé los órganos por aroma.
Tueste medio. Lento. Molienda gruesa.

El resultado:
Notas de tabaco viejo, lápiz mordido y lágrimas de aula.
Un dejo amargo al final.
Postgusto prolongado. Se sentía como un recuerdo.

Lo empaqueté en un sobre de tela.
Con una nota:

“Origen: Argentina.
Historia: 73 años de espera.
Final: digno.”

Lo dejé en el punto de entrega indicado: una cabina telefónica abandonada.
Nunca vi al cliente.
Pero al día siguiente, encontré $10.000 en criptomoneda en mi cuenta.

No me interesa el dinero.
Me interesa saber qué hará con ese café.
¿Lo tomará solo? ¿Lo compartirá? ¿Lo guardará?

Hoy entendí que mi obra llegó a oídos de los que realmente importan.
Los que no temen mirar la oscuridad… y bebérsela.

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