Querido diario... 3

Querido diario,

Hoy cometí un error.
Y no fue un error cualquiera… fue uno que se sintió en el alma, si es que todavía tengo eso.

La víctima era prometedora. Un tipo reservado, de oficina, con pinta de recién divorciado. Lo seguí hasta su casa, lo observé durante días. No tenía mascotas. No recibía visitas. Perfecto.
Una noche de lluvia lo esperé en la escalera.
No gritó. Solo tosió. Como si ya estuviera acostumbrado a desaparecer.

Pero algo no estaba bien. Su cuerpo olía raro. A humedad, a encierro, a medicamento vencido.
Pensé que el tueste lo arreglaría. Que el fuego, como siempre, haría su magia.

No fue así.

Lo preparé con respeto. Mismo proceso. Desmembrado, tostado lento, molido con amor.
Pero al primer giro del molinillo, ya lo supe: algo estaba podrido por dentro.
No físicamente. Era el alma.

La molienda fue dura, grumosa, sucia. El polvo no se comportaba como café.
Parecía ceniza húmeda.
Lo infusioné igual… porque la curiosidad me gana siempre.
El aroma: ácido, a desinfectante, a dolor sin redención.
El sabor: indescriptible.
Mi garganta quiso devolverlo. Mis pies se crisparon. Cerré los ojos. Vi una casa vacía, una foto rota y un niño encerrado en un ropero.
Su historia estaba ahí. No hizo falta preguntarla.

Tiré todo.
El café. Los restos. Las ganas.
No era digno de formar parte de mi colección.

Hoy aprendí que no todos los humanos son café.
Algunos son solo sombra.
Y el alma, por más que la tuestes, si está podrida…
apesta.

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