Un agujero en la Pared

No fue solo una mano la que llamó mi atención; fue más bien un llamado, una voz que susurraba, baja pero nítida: «Aquí estoy… no temas». El aire estaba denso. La oscuridad me rodeaba, esa oscuridad que apenas te permite ver, pero en la que, si te concentras, sientes la presencia de todo lo que te rodea.

La luz de la calle se filtraba tímidamente entre las cortinas, pintando la habitación con un brillo grisáceo. Entonces, algo se movió bajo la sábana que me cubría. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Mi reacción fue instantánea: me incliné hacia abajo, tanteando con las manos bajo la cama, buscando a ciegas cualquier cosa. Toqué algo. Frío. Vivo. Lo sujeté con todas mis fuerzas y tiré hacia la luz.

Era pequeño. Por la altura y la forma, entendí que era… ¿un gnomo? ¿Un duende?
Mi respiración se aceleró y mis manos temblaron. No sabía si gritar o reír. Lo dejé sobre la mesa junto a mi cama. Y él, en lugar de escapar o desaparecer, se acomodó, me miró con una sonrisa pícara y dijo:

¡Ja! Siempre caes igual. Es mi pasatiempo favorito: asustarte cuando menos lo esperas.

—¿Quién… quién eres? —pregunté, intentando sonar tranquilo.

—Eso no importa. Lo que importa es de dónde vengo. —Se inclinó hacia un lado y señaló un agujero en la pared—. De ahí.

Un destello intenso emanaba del agujero. No podía saber si iluminaba todo el barrio o solo mi habitación. Sentí cómo mis párpados pesaban, pero avancé hacia la luz. Mi cuerpo no cabía, pero mi cabeza sí.

La atravesé. Y lo vi.

Un mundo perfecto: resplandores por todas partes, aire impregnado con el aroma de pasto recién cortado, una ciudad pequeña en tamaño pero inmensa en sabiduría y alegría. Era un lugar que parecía estar hecho de paz.

Al volver a la habitación, me encontré de nuevo frente a él. Nos miramos. Se acercó y, con una voz casi conspiradora, me susurró:

No te preocupes… siempre habrá un camino de vuelta. Aunque no lo busques, yo te lo mostraré.

Luego desapareció, como si se hubiera disuelto en el aire.

No sé a quién agradecerlo: si a los astros, a mi signo Escorpio o a mi propia paz interior. Lo único que sé es que esta es la segunda vez que se me revela la certeza de que existe un lugar de paz… y que esa pequeña criatura volverá, porque me lo prometió.


Esa noche dormí con la ventana entreabierta. La brisa fría rozaba mi rostro y, entre sueños, juraría haber oído su risa… corta, traviesa, inconfundible. No abrí los ojos. No quise romper el encanto. Quizá estaba ahí, quizá no… pero desde entonces, cada vez que la luz de la calle se cuela en mi habitación, me descubro sonriendo, esperando la próxima vez que el gnomo vuelva a buscarme.


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