🩸 CAPÍTULO 4 — EL BANQUETE FINAL
La noche en que todo terminó no hubo gritos. Solo una quietud espesa, como si el aire se hubiera coagulado.
Ella estaba sentada en el centro de la cocina, desnuda, con el cuerpo pintado de blanco y las pupilas dilatadas como si hubiese visto a Dios. Yo temblaba. Paimon no. Paimon estaba sereno, como quien cumple una promesa vieja.
Ella le dijo: "Ahora es tu turno. Quiero ser parte de él. Hazlo por nosotros."
Y lo hizo. Con una cuchilla de cocina. Precisa. Lenta. Como si cada centímetro cortado tuviera un significado espiritual. Ella no gritó. Solo lo miraba. Yo, arrodillado, no podía moverme. No quería. No debía. Estaba excitado. Hambriento. Enfermo. Vivo.
Cuando la sangre ya era un mar tibio sobre las baldosas, Paimon me miró. Me entregó un trozo de carne. No supe si era pecho, muslo, parte del rostro. No me importó. Lo mastiqué como quien recibe una hostia. Sabía a destino.
Pasamos horas comiendo en silencio. No como caníbales, sino como sacerdotes. Yo lloraba mientras comía. Lloraba de amor. De fin. De inicio.
Al amanecer, Paimon se encerró en la habitación del fondo. Yo me dormí sobre su cuerpo. Desnudo. Cubierto de sangre. Sabía que todo comienzo tiene un final, y yo estaba preparado para acabar con todo. Dejé una carta sobre la mesa, y estaba listo para encontrarme con el amor de mi vida. Mi pulso hizo que mi mano temblara de miedo cuando agarré el arma para apoyármela sobre la cabeza, pero todo se tornó distinto cuando Él ayudó a terminar todo. Su pulso no tembló. La autoridad que manejaba era increíble. Gracias, amigo.
Comentarios
Publicar un comentario