🕳️ CAPÍTULO 2 — EL VECINO

 Huyendo de mi destino, corriendo desesperado porque sentía que el pasado me seguía hasta abajo de la cama. Corrí tan rápido que ni me acuerdo de cómo abrí la puerta. Caí en la cama con los ojos llenos de lágrimas hasta que el llanto me atrapó en un descanso mental. La almohada fue mi pañuelo en la oscuridad. Me dolía la cabeza al día siguiente. Retumbaban mis oídos como aplausos en un teatro tras una actuación ejemplar.

Recordando por qué me mudé. Por qué tuve que hacerlo. La pregunta me persigue aún. Fue por exceso de amor. Una noche alocada con mi novia de varios años. Casi media vida juntos. Superamos tormentas, compartimos paisajes. Pero la raíz viene de más atrás.

Nos conocimos en el colegio. En un recreo. No iba mucho a clase. No sentía que perteneciera a ese lugar. En mi casa, un padre viejo y golpeador. Una madre joven y sumisa. Hijo único. Me escapé muchas veces, hasta que el viejo se pegó un tiro. Mi madre aún lo llora. Hipócrita. Esa fue mi libertad.

Dormí en la calle, en albergues. Fui libre. Pero el precio era alto. De niño dejé de serlo. El cachetazo por manchar una remera fue mi bautismo. Aprendí a endurecer la cara. A buscar respeto. Pero adentro, seguía siendo un nene con miedo.

Ella me salvó. La chica del pelo desordenado. De ojos dulces. Me miró y me dijo sin palabras: “Acá estoy. Contá conmigo”. Y conté. Me fui con ella al mundo. Adolescentes, puros estímulos. Trabajamos en lo que fuera. Hasta que falleció mi vieja. Y no estuve ahí. No pude tomarle la mano al cruzar. Me llené de culpa. Volví al infierno. A esa casa. Que ahora era mía. Y vacía. 

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