🩸 CAPÍTULO 1 — EL JUEGO
Carta para mi vecino: Te convertiste en un hermano para mí, te bancaste todas y jamás hubo alguna falla en tu noble amistad. Hoy te dejo todo lo que me rodea. Sin medir palabras me voy lejos de aquí, y quizás en alguna otra vida nos volveremos a cruzar, o quizás en todas las vidas que pasamos nos juntamos siempre pero en distintas personificaciones. ¿Te imaginas si fuéramos perro y gato? Sería muy gracioso. No quiero alargar más la despedida. Bajo estos puñados de letras te dejo todo firmado para que vivas todo lo que soñaste. Espero que sea de tu agrado la estadía en esta casa. Nos vemos, amigo…
Dejé mi escritorio atrás para sentarme en la punta de la cama y recordar todo lo que fui viviendo en cada rincón de mi casa. Me concentré en el silencio que casi me partía los tímpanos con pequeños zumbidos que de lejos se escuchaban. Cerré los ojos para entrar en un sueño profundo y las imágenes se proyectaban solas en mi cabeza.
Era una tarde calurosa y se me ocurrió un juego con la frase de mi abuela: "Si no hay, no se precisa". Lo expliqué con algo sencillo: si faltaba queso para los fideos, decíamos la frase y seguíamos comiendo como si nada. Pero todo se tornó más oscuro. No sé por qué lo hacíamos, si estábamos bastante cuerdos. Trabajábamos, jugábamos juegos de mesa o simplemente compartíamos el silencio.
El día era gris, de lluvia persistente. Muy tarde. No había agua en todo el barrio y teníamos sed. Se me ocurrió una idea absurda. Le dije: "Te hago pis y así podrás saciar tu sed". Me reí solo... pero ella no. Me miró seria, asintió y dijo: "Si no hay, no se precisa. Esta es la solución más certera". Me cambió la cara. Le pregunté si estaba segura. Su mirada me dio la respuesta.
Ella se arrodilló. Y lo hizo. Yo observaba. Me excitaba. Dije: "Yo también tengo sed". Sonrió. Me tiró al piso, se corrió la bombacha y me orinó en la cara. La boca abierta como esclavo en el desierto. Esa fue la primera vez que rompimos el límite.
Después, llegó él. El vecino nuevo. Lo adoptamos. No para jugar con él, sino para que presencie. Para que sea parte del final. Nadie se acercaba a nosotros. Nuestra vereda estaba vacía. La familia hacía tiempo que no existía. Y la locura, ya no era una visita: era una casa. Cuando el vecino tocó la puerta, ya era tarde. Se presentó. Dijo un nombre. Yo escuché otro: Paimon.
Pasaba más tiempo con nosotros que en su casa. Nos hicimos amigos. Todo iba bien hasta una tarde de frío. Teníamos antojo de café. A ella le gustaba el flatwhite. Pero no había leche. Me miró y dijo: "Si no hay, no se precisa. Ya es hora de que sepa la verdad".
Frente a él, me empezó a masturbar. Para que tuviera su café. Él no dijo nada. Se fue. Y nosotros seguimos. Ya no había vuelta atrás.
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